1 de junio de 2010
Nuevo blog
Han pasado 204 días desde la última entrada de este viejo Sonrían. Demasiado tiempo. Creo que es hora ya de volver a vestirse de corto. Eso sí, supongo que el barco estará destartalado y no creo que quede ya nadie por aquí. Pero bueno, por si acaso a alguien le da por echar un vistazo a estos restos, mi nueva dirección es:
Espero que os guste.
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7 de noviembre de 2009
Gracias por todo
Por primera vez en mucho tiempo (desde que comencé con el blog), he pasado un buen puñado de días sin demasiadas ganas de escribir. No se trataba (no se trata) de uno de esos bloqueos creativos en los que no sabes qué decir o de qué hablar, no. Es otra cosa que quizá no sepa explicar. Hoy escribo por última vez. Y no es porque haya recuperado las ganas de golpe (creedme si os digo que me está costando mucho colocar una palabra detrás de la otra); lo que pasa es que, simplemente, le debo algo a un grupo de personas maravillosas. Y, en cierta manera, también me lo debo a mí.
Hace unos días un puñado de amigos decidió crear la Plataforma “Si a Virginia Maestro”. Queríamos reflexionar y crear opinión sobre el complicado mundo de la Música en la España actual, defender la música de autor y, especialmente, gritar a los cuatro vientos nuestro deseo de poder disfrutar plenamente de la creatividad total y del talento libre de Virginia Maestro. Fueron unos días fantásticos los previos al nacimiento de esa plataforma. Y una noche muy larga la anterior. Durante las pocas horas de vida que tuvo la iniciativa, nos sentimos verdaderamente orgullosos porque nuestro objetivo era, básicamente, crear ilusión acerca del futuro musical de Virginia y ofrecerle a ella y a su empresa un aval importante sobre las enormes esperanzas que tenemos depositadas en una artista tan singular como es Virginia Maestro.
Pensamos firmemente que Virginia no es una cantante más. Creemos que tiene unas cualidades tan especiales para la música (a nivel creativo e interpretativo), que merece un voto de confianza por parte de quien corresponda. Estamos convencidos (cada día más) de que la Virginia de Casagrande o la de Costello será la que logrará tarde o temprano ganarse un lugar prestigioso en este difícil mundillo musical, repleto de trabas y dificultades. Virginia no sólo tiene un talento inmenso; es, además, un talento único y personal. Ojalá todo el mundo que trabaja para su futuro (incluida ella misma) estuvieran convencidos todo el tiempo de ello.
Durante unas horas, como os decía, nos sentimos muy orgullosos de nuestro empeño. Nos seguimos sintiendo orgullosos de lo que hicimos y por qué lo hicimos. Decidimos cerrar porque nos pidieron confianza. Y no es que nos fiemos demasiado de las discográficas (yo personalmente no me fío nada de Sony ni de ninguna otra major), pero respetamos esa confianza y, bajo ningún concepto, podríamos perdonarnos hacer algo que pudiera incomodar a Virginia con respecto a su empresa. Si estábamos dispuestos a hacer cualquier cosa por ayudarla… ¿cómo no íbamos a estar dispuestos a marcharnos para no perjudicarla?
Hace unos días, uno de los mejores amigos que he encontrado en este último año y medio gracias a Virginia, me decía que él siempre esperó a Virginia Maestro. Que llevaba toda su vida esperándola musicalmente. Eso me conmovió. Yo, en cierta forma, también creo que llevaba toda mi vida esperándola. Ningún otro cantante o compositor me produce la emoción que me transmite ella cuando es verdaderamente ella.
Yo le debo muchísimo a Virginia. Mucho, de verdad. Ella me ha devuelto la ilusión de creer en algo extraordinariamente bello. Esa ilusión la llevaré ya siempre conmigo. Y eso es algo que nunca sabré agradecerle. Como tampoco sabré cómo agradecerle la cantidad de buenos amigos que he conocido aquí en este barco y en Labuat.es gracias a ella. Por cierto, Virginia, déjame que te de un último consejo. Bueno, más que un consejo es un simple comentario: no existe en este país ningún artista que tenga un foro de opinión como el que tú tienes en Labuat.es. Ni de lejos. Y te hablo de cualquier tipo de artista, no sólo músicos: actores, deportistas, etc. Te lo aseguro. La generosidad, la inteligencia y la capacidad crítica, educada y constructiva que se respira en un lugar tan maravilloso como ese son tu mejor apoyo. Te lo digo con el corazón.
Y permíteme, esta vez sí, un último consejo: Cree en ti. Es algo que te he dicho muchas veces durante este año y medio, pero me gustaría hacerlo una vez más. Lucha por tu música, por esa música que sientes y que es parte de ti; lucha por ser fiel a ti misma y a tus sueños. Y, por favor, no tengas prisa. Cuando algo es bueno, acaba por llegar el reconocimiento que merece. Si no es hoy, será mañana. Si no es en un sitio, será en otro. No te apures. Llegará.
Yo seguiré la carrera de Virginia Maestro con la misma atención y la misma ilusión que hasta ahora, os lo prometo. Pero lo haré en silencio. Espero que lo entendáis. Estoy agotado y necesito un descanso. Necesito ver las cosas desde la distancia. No voy a decir que jamás volveré a escribir nada sobre Virginia y su música, porque eso sería, probablemente, mentirme a mí mismo. Pero, de verdad, necesito apartarme un poco. Sólo un poco, os lo prometo. Seguiré pendiente de ella. No sé si fue Ortega y Gasset quien dijo aquello de: “Se puede escribir sobre cualquier cosa, pero se escribe mejor sobre aquello que se ama”.
Quiero daros las gracias nuevamente a todos los que me habéis acompañado estos 18 meses en este largo viaje. Os llevo en mi corazón y os buscaré cuando decida echar al mar otro barco, quizá más pequeño que éste, seguramente distinto. Os pediré, si no es mucha molestia por mi parte, que me ayudéis a decorarlo y volveremos a charlar en el calor de la trastienda. Espero que sea pronto.
Quiero dedicaros esta última canción a vosotros y a ese grupo de amigos que, al menos por unas horas, soñaron con hacer algo extraordinario. Unas personas que me han asombrado y emocionado por su capacidad de esfuerzo, su ilusión y su colosal generosidad. Unos amigos para siempre que, en definitiva, están convencidos (como yo), de que la música puede ser maravillosa. Me embarcaría con ellos en cualquier otra aventura sin dudarlo.
Odio las despedidas así que voy a hacerlo rápido, que esto me está quedando ya un poco largo…
Hasta que volvamos a encontrarnos: cuidaos mucho. Cuidad también de Virginia. Hasta siempre.
Ah, y lo más importante de todo: sonrían por favor.
Hace unos días un puñado de amigos decidió crear la Plataforma “Si a Virginia Maestro”. Queríamos reflexionar y crear opinión sobre el complicado mundo de la Música en la España actual, defender la música de autor y, especialmente, gritar a los cuatro vientos nuestro deseo de poder disfrutar plenamente de la creatividad total y del talento libre de Virginia Maestro. Fueron unos días fantásticos los previos al nacimiento de esa plataforma. Y una noche muy larga la anterior. Durante las pocas horas de vida que tuvo la iniciativa, nos sentimos verdaderamente orgullosos porque nuestro objetivo era, básicamente, crear ilusión acerca del futuro musical de Virginia y ofrecerle a ella y a su empresa un aval importante sobre las enormes esperanzas que tenemos depositadas en una artista tan singular como es Virginia Maestro.
Pensamos firmemente que Virginia no es una cantante más. Creemos que tiene unas cualidades tan especiales para la música (a nivel creativo e interpretativo), que merece un voto de confianza por parte de quien corresponda. Estamos convencidos (cada día más) de que la Virginia de Casagrande o la de Costello será la que logrará tarde o temprano ganarse un lugar prestigioso en este difícil mundillo musical, repleto de trabas y dificultades. Virginia no sólo tiene un talento inmenso; es, además, un talento único y personal. Ojalá todo el mundo que trabaja para su futuro (incluida ella misma) estuvieran convencidos todo el tiempo de ello.
Durante unas horas, como os decía, nos sentimos muy orgullosos de nuestro empeño. Nos seguimos sintiendo orgullosos de lo que hicimos y por qué lo hicimos. Decidimos cerrar porque nos pidieron confianza. Y no es que nos fiemos demasiado de las discográficas (yo personalmente no me fío nada de Sony ni de ninguna otra major), pero respetamos esa confianza y, bajo ningún concepto, podríamos perdonarnos hacer algo que pudiera incomodar a Virginia con respecto a su empresa. Si estábamos dispuestos a hacer cualquier cosa por ayudarla… ¿cómo no íbamos a estar dispuestos a marcharnos para no perjudicarla?
Hace unos días, uno de los mejores amigos que he encontrado en este último año y medio gracias a Virginia, me decía que él siempre esperó a Virginia Maestro. Que llevaba toda su vida esperándola musicalmente. Eso me conmovió. Yo, en cierta forma, también creo que llevaba toda mi vida esperándola. Ningún otro cantante o compositor me produce la emoción que me transmite ella cuando es verdaderamente ella.
Yo le debo muchísimo a Virginia. Mucho, de verdad. Ella me ha devuelto la ilusión de creer en algo extraordinariamente bello. Esa ilusión la llevaré ya siempre conmigo. Y eso es algo que nunca sabré agradecerle. Como tampoco sabré cómo agradecerle la cantidad de buenos amigos que he conocido aquí en este barco y en Labuat.es gracias a ella. Por cierto, Virginia, déjame que te de un último consejo. Bueno, más que un consejo es un simple comentario: no existe en este país ningún artista que tenga un foro de opinión como el que tú tienes en Labuat.es. Ni de lejos. Y te hablo de cualquier tipo de artista, no sólo músicos: actores, deportistas, etc. Te lo aseguro. La generosidad, la inteligencia y la capacidad crítica, educada y constructiva que se respira en un lugar tan maravilloso como ese son tu mejor apoyo. Te lo digo con el corazón.
Y permíteme, esta vez sí, un último consejo: Cree en ti. Es algo que te he dicho muchas veces durante este año y medio, pero me gustaría hacerlo una vez más. Lucha por tu música, por esa música que sientes y que es parte de ti; lucha por ser fiel a ti misma y a tus sueños. Y, por favor, no tengas prisa. Cuando algo es bueno, acaba por llegar el reconocimiento que merece. Si no es hoy, será mañana. Si no es en un sitio, será en otro. No te apures. Llegará.
Yo seguiré la carrera de Virginia Maestro con la misma atención y la misma ilusión que hasta ahora, os lo prometo. Pero lo haré en silencio. Espero que lo entendáis. Estoy agotado y necesito un descanso. Necesito ver las cosas desde la distancia. No voy a decir que jamás volveré a escribir nada sobre Virginia y su música, porque eso sería, probablemente, mentirme a mí mismo. Pero, de verdad, necesito apartarme un poco. Sólo un poco, os lo prometo. Seguiré pendiente de ella. No sé si fue Ortega y Gasset quien dijo aquello de: “Se puede escribir sobre cualquier cosa, pero se escribe mejor sobre aquello que se ama”.
Quiero daros las gracias nuevamente a todos los que me habéis acompañado estos 18 meses en este largo viaje. Os llevo en mi corazón y os buscaré cuando decida echar al mar otro barco, quizá más pequeño que éste, seguramente distinto. Os pediré, si no es mucha molestia por mi parte, que me ayudéis a decorarlo y volveremos a charlar en el calor de la trastienda. Espero que sea pronto.
Quiero dedicaros esta última canción a vosotros y a ese grupo de amigos que, al menos por unas horas, soñaron con hacer algo extraordinario. Unas personas que me han asombrado y emocionado por su capacidad de esfuerzo, su ilusión y su colosal generosidad. Unos amigos para siempre que, en definitiva, están convencidos (como yo), de que la música puede ser maravillosa. Me embarcaría con ellos en cualquier otra aventura sin dudarlo.
Odio las despedidas así que voy a hacerlo rápido, que esto me está quedando ya un poco largo…
Hasta que volvamos a encontrarnos: cuidaos mucho. Cuidad también de Virginia. Hasta siempre.
Ah, y lo más importante de todo: sonrían por favor.
Publicado por Julien Sorel 137 comentarios
25 de octubre de 2009
Tú eres las sonrisa
De todas las fotos que tengo de mi infancia, la que prefiero sin duda es una en la que aparecemos mi hermana y yo. Ambos rubitos, con el pelo largo (ella más que yo, claro, le llegaba a la cintura) y unos ojos enormes, seguramente asombrados o miedosos ante el fotógrafo. Mi madre siempre dice que éramos muy asustadizos.
En esa foto estamos vestidos prácticamente igual, con el mismo jersey granate de lana. Yo con un pantalón de tela y mi hermana con una de esas faldas de cuadros, a la escocesa. Tenemos una pose muy seria, dados de la mano, y se puede apreciar perfectamente detrás de nosotros el viejo papel pintado del salón de la casa de mi abuela. La imagen de esos dibujos azules en la pared me trae un aluvión de recuerdos...
En ese momento yo tendría unos 5 o 6 años y mi hermana 2 menos. Era una de las primeras fotos que nos hicieron. De ese mismo día, tenemos alguna más. Una en la que aparece mi hermana subida en un caballito de plástico y otra en la que estoy yo tocando una guitarra española. Bueno, simulando que la toco, porque evidentemente no tenía ni idea de hacerlo. Ni siquiera sé de quien sería esa guitarra.
No me suele gustar ni poco ni mucho lo de mirar viejas fotos. Pero ésa en especial (la que estamos mi hermana y yo cogidos de la mano en el salón de mi abuela) me encanta. Me hace sonreír siempre que la veo. Sonreír por dentro, además.
Debido a que soy un tipo insoportablemente frío y bastante reservado con todo aquello que tiene que ver con eso que llaman “sentimientos”, es muy posible que la persona a la que quiero dedicarle estas palabras jamás llegue a leerlas. Creo que no me atrevería ni en mil vidas a decírselo cara a cara y eso que, creedme si os digo, me gustaría muchísimo hacerlo. Pero cada uno es como es, y en mi enfermiza timidez está mi vergüenza.
Sólo espero que ella (mi hermana) sepa interpretar cuánto la quiero cuando la miro. La luz de sus ojos y su risa han sido siempre, para mí, un cabo al que agarrarme a la vida. La otra tarde yo no la vi llorar, pero sólo saber que lo hizo me parte el alma.
Mañana será otro día y tus ojos, enormes y azules, seguirán siendo para mí una guía.
Te quiero mucho, rubia.
No me suele gustar ni poco ni mucho lo de mirar viejas fotos. Pero ésa en especial (la que estamos mi hermana y yo cogidos de la mano en el salón de mi abuela) me encanta. Me hace sonreír siempre que la veo. Sonreír por dentro, además.
Debido a que soy un tipo insoportablemente frío y bastante reservado con todo aquello que tiene que ver con eso que llaman “sentimientos”, es muy posible que la persona a la que quiero dedicarle estas palabras jamás llegue a leerlas. Creo que no me atrevería ni en mil vidas a decírselo cara a cara y eso que, creedme si os digo, me gustaría muchísimo hacerlo. Pero cada uno es como es, y en mi enfermiza timidez está mi vergüenza.
Sólo espero que ella (mi hermana) sepa interpretar cuánto la quiero cuando la miro. La luz de sus ojos y su risa han sido siempre, para mí, un cabo al que agarrarme a la vida. La otra tarde yo no la vi llorar, pero sólo saber que lo hizo me parte el alma.
Mañana será otro día y tus ojos, enormes y azules, seguirán siendo para mí una guía.
Te quiero mucho, rubia.
Publicado por Julien Sorel 150 comentarios
19 de octubre de 2009
La balada de Jota. Capítulo 2
El Turco permanecía callado, con el ceño fruncido y con la mirada fija en Jota. Casimiro el Trampas seguía impasible, con esa media sonrisa desafiante. Jota se tocó la barbilla pensativamente y sus ojos entornados y grises parecían escudriñar con recelo a Manolo el Estirao, que seguía recostado en la silla con las manos puestas detrás de la nuca y ese gesto altanero y habitual suyo, como si la cosa no fuera con él.
- Con tiento, Jota. Con tiento. Yo no me fío un pelo…
- Éste se quiere reír de nosotros, Turco – dijo Jota, visiblemente envalentonado mientras estrujaba con saña la colilla sobre el cenicero.
- No sé, no sé… Yo me andaría con ojo. Como mucho, miramos.
Jota bebió un trago de su botellín, bajó la vista un instante, pensativo, tamborileó con sus dedos sobre la mesa durante unos segundos y, finalmente, dirigió su vista hacia Manolo el Estirao espetándole, con voz grave y no exenta de cierta bravuconería:
- ¡Envido más!
- Todas – dijo presto el Estirao, incorporándose sobre la mesa y cogiendo las cartas.
- Lo veo – respondió Jota convencido y enseñando sus tres reyes a los pares.
El Estirao y el Trampas se dieron la mano entre risas, inmediatamente después de que el primero mostrara unos flamantes duples gallegos. La cara de Jota era un poema.
- Joder, Jota… Te lo he dicho. Que no me fío, coño, que no me fío. Que te han aguantado dos más a grande pero con dudas, para que entres a los pares. Que pareces nuevo… - el Turco estaba visiblemente enfadado.
Manolo y Casimiro ya se estaban levantando y se dirigían, abrazados, a la barra del bar.
- ¡Oye, Gloria¡, ya sabes: que te paguen los de siempre. Y a ver si conoces a alguien que sepa jugar, hombre. Que esto es un aburrimiento ya…
Jota seguía discutiendo con su inseparable pareja de mus (más por cabezonería y por orgullo que por saberse con la razón). Fuera hacía una tarde agradable y empezaba a oscurecer rápidamente.
Poco a poco se fueron calmando los ánimos de vencedores y vencidos y, tras pagar la apuesta consistente en cuatro cafés, dos botellines, un anís y un pacharán, el Turco y Jota se sentaron a la barra, como si no hubiera pasado nada. Sus contrincantes se marcharon despidiéndose, entre risas, con un: “Cuando queráis otra lección, ya sabéis donde estamos”. Lo de siempre, vaya. El Turco se había quedado ensimismado viendo a una rubia despampanante en la última página del “As”, mientras Jota observaba plácidamente como Gloria (la mujer de Paco, dueño de “El Pellizco”) pasaba la bayeta por las mesas.
- Oye Gloria, ¿y dónde dices que ha ido Paco hoy? Que te ha dejado aquí sola toda la tarde, mujer… - preguntó Jota, por hablar de algo.
- Ha ido a recoger a su hermana a la estación de autobuses. Viene del pueblo.
- ¿Su hermana pequeña? Hace años que no la veo. ¿Qué viene, de vacaciones?
- Que va… Viene para quedarse un tiempo. Por lo visto se ha separado del marido y se ha quedado sin trabajo. Así que viene a trabajar aquí en el bar, hasta que encuentre otra cosa…
- ¿En el bar? Pero si nunca habéis tenido a nadie aquí contratado…
- Pues eso le digo yo a Paco, que a ver cómo piensa que le vamos a pagar a su hermana. Que no estamos para obras de caridad. Pero bueno, la chiquilla por lo visto lo está pasando mal. Y así yo podré descansar un poco por las tardes – dijo Gloria con tono complaciente.
- No, si eso sí…
Jota recordaba bien a Elenita. La conoció un verano que pasó en el pueblo de Paco, hace ya muchos años, antes de que ambos (Paco y él) se casaran con Gloria y Carmen respectivamente. Por aquél entonces Elenita tendría 17 años y era una preciosidad. Rubia, ojos verdes, delgadita y chiquitina, pero muy guapa. Se acordaba especialmente Jota de una noche, en la feria del pueblo, en la que había tenido el impulso (espoleado por el calimocho) de besarla a traición, junto a una caseta de esas de rifa, mientras esperaban a su hermano, que había ido a hacer aguas menores a la orilla del río. Elenita se puso muy colorada y apartó la cabeza. Pero no dijo nada. Permaneció callada un buen rato, con la mirada en el suelo, sin saber cómo reaccionar. Al poco de volver el hermano, Jota fingió que se sentía mal y se marchó a casa avergonzado. Bueno, en realidad no tuvo que fingir demasiado: se sentía fatal por lo que había hecho. Se pasó la noche en vela intentando inventar una excusa para el día siguiente que le resultara convincente a Elenita. No sabía si se había enfadado mucho, poco o nada, pero aún así necesitaba darle una explicación. Echarle la culpa al alcohol le pareció la mejor idea. Sin embargo, no tuvo ocasión. Al día siguiente, Jota se tuvo que marchar deprisa y corriendo porque su madre le avisó de que había fallecido el abuelo Arturo. Sólo pudo despedirse de Paco. Así que se volvió con su bochorno a Madrid. Hasta el verano siguiente no la volvió a ver y, claro, nunca se atrevió a hablarle de aquella noche. Elenita acababa de empezar a salir con su novio (el que sería luego su marido) y no era plan de andar enredando. Se acordaba Jota de una tarde que pasaron aquel verano los cuatro (Paco, Elenita, el novio y él) en las Lagunas de Ruidera. La imagen de aquella chiquilla rubia, de piel blanquecina, envuelta en su toalla, temblando ligeramente tras el chapuzón, con el pelo mojado y los ojos brillantes como soles tardaría años en olvidarla. Sintió una suave punzada en el estómago al recordar la estampa de nuevo, tanto tiempo después.
Se preguntaba Jota, apurando su cerveza, qué tal estaría Elena. Debería tener unos 33 o 34 años. Sabía que se había casado años atrás, pero no tenía idea de su separación. Por alguna razón, se alegró. Aunque inmediatamente se sintió mal por ella.
Había anochecido ya cuando Jota decidió que era hora de volver a la pensión. El Turco seguía ensimismado con la foto de la gachí del “As” y Gloria miraba uno de esos concursos de la tele. No había nadie más en “El Pellizco”. Se puso su chaqueta de punto y encendió el enésimo cigarrillo del día antes de salir. “Mañana les echamos la revancha a estos, no se te olvide” le dijo el Turco. “¿Cómo se me va a olvidar? Con las ganas que les tengo…” respondió Jota desde la puerta. No pudo evitar pensar que, además, podría ver a Elena. Otro escalofrío recorrió su espalda. Se despidió de Gloria y de su inseparable compañero de fatigas y salió a la calle. Hacía frío y estaba chispeando, así que apresuró el paso.
Esa noche había sardinas asadas para la cena. Doña Petra, la casera, cocinaba de maravilla. Era, sin duda, el gran secreto de la pensión, solía decir Jota. Las sardinas asadas le salían de rechupete. Siempre solían cenar los mismos (en aquella época habría unos 4 o 5 inquilinos en “La Derrota”). Todos eran mucho mayores que Jota, pero él se encontraba a gusto y solía quedarse a charlar un ratito mientras tomaban café tras la cena.
- ¿Hoy tampoco va a cenar “el Sepulturero”? – preguntó con sorna uno de los comensales.
- No es sepulturero, Don Javier, ya se lo he dicho mil veces – respondió Doña Petra – Y no, ya sabe que no cena nunca con nosotros. Y no sea chismoso, leñe.
- Pues si no es sepulturero, algo se trae entre manos. No es normal que no se relacione con nadie. Parece como si se escondiera…
- No diga tonterías.
- No son tonterías. Siempre va con ese traje negro y con ese abrigo largo. Si no es sepulturero, es algo peor – sentenció Don Javier, ante la mirada incrédula y divertida de Jota – Además, ¿no se han fijado en que siempre lleva una bolsa negra de mano enorme? No se separa de ella ni para dormir…
- ¿Y usted qué sabrá? ¿Acaso ha dormido con él? – preguntó la señora Luisa provocando las carcajadas de todos.
- Bah… Yo sólo digo que algo se trae entre manos. Y no me gusta nada. Me da mala espina. Algo esconde ese sepulturero…
- ¡Y dale! Venga, tengamos la fiesta en paz. Apure sus sardinas, que están deliciosas – acabó diciendo Jota, dando por zanjada la conversación.
Esa noche todos los inquilinos se fueron pronto a dormir. A la señora Luisa le dolían los riñones (por la artrosis dijo) y Don Javier se quedó dormido en el sillón sin terminarse el café siquiera. El resto de vecinos estaban ensimismados viendo una de esas teleseries que tan aburridas le parecían a Jota. Así que éste, viendo que la tertulia nocturna no iba a tener demasiada concurrencia, dio las buenas noches y subió a su habitación. Puso la radio mientras se lavaba los dientes, se enfundó su pijama de raso y se metió en la cama con la lamparita de la mesilla encendida. No le apetecía ver la tele y tampoco tenía demasiado sueño, así que sacó una novela del cajón que tenía empezada desde el verano. A Jota le gustaba bastante leer, pero tardaba mucho en terminar un libro. Casi siempre leía por las noches y apenas tardaba unos minutos en quedarse frito. Al día siguiente ni se acordaba de por dónde había dejado la lectura y volvía varias páginas atrás. Ahora estaba leyendo una novela policiaca, una de Rymond Chandler. Le encantaba imaginarse a los personajes como actores de cine. El detective era, por supuesto, Humprey Bogart. Y la chica solía ser Lauren Bacall, aunque a veces se inclinaba por Virginia Mayo o Rita Highworth. El malo siempre era Edward G. Robinson, y siempre acababa sintiendo simpatía por él.
Al rato, el sueño empezó a vencerle. Dejó la novela sobre la mesilla y apagó la bombilla de la lámpara. Una tenue y azulada luz entraba por la ventana. No le gustaba a Jota la oscuridad, siempre tenía que dormir con un poquito de luz. Recordó las palabras de Don Javier sobre el extraño vecino que tenían desde hace unas semanas. No pudo evitar sonreír, aunque, en cierto modo se veía obligado a darle la razón a Don Javier en una cosa: era un tipo raro. Y, efectivamente, tenía pinta, si no de sepulturero (al fin y al cabo, ¿qué aspecto suelen tener los sepultureros?, pensaba Jota), sí de ser alguien uraño y ciertamente desconcertante. Muy alto, desgarbado, con el rostro aguileño y unos enormes bigotes, apenas se relacionaba con nadie de la pensión. Se iba por la mañana temprano, cuando apenas había amanecido y volvía ya entrada la noche. Ni desayunaba, ni comía ni cenaba en la casa. Era un tipo de esos de pocas palabras, que parecía siempre estar mirando a un lado y a otro, como esperando algo o a alguien. Llevaba una bolsa negra, a modo de maletín y cojeaba ostensiblemente. Un tipo realmente misterioso, qué duda cabe. ¿A qué se dedicaría? ¿Qué llevaría en ese maletín? Seguro que Rymond Chandler podría escribir una buena historia con un personaje así. O un buen guión de cine.
Poco a poco empezó a vencerle el sueño al bueno de Jota. Pero antes de dormirse del todo, no pudo evitar acordarse de aquella noche de verano en la que intentó besar a Elenita, junto a aquella caseta de rifas, aprovechando que se habían quedado solos un instante y excitado por el fuego del vino. Estaba realmente preciosa esa noche. Tanto o más que en aquella laguna manchega, con el pelo chorreando sobre la cara, al verano siguiente. Era, sin duda, la chica más bonita que jamás había visto. Jota se durmió pensando en aquel beso que no llegó a dar y en aquella piel blanca y temblorosa…
- Con tiento, Jota. Con tiento. Yo no me fío un pelo…
- Éste se quiere reír de nosotros, Turco – dijo Jota, visiblemente envalentonado mientras estrujaba con saña la colilla sobre el cenicero.
- No sé, no sé… Yo me andaría con ojo. Como mucho, miramos.
Jota bebió un trago de su botellín, bajó la vista un instante, pensativo, tamborileó con sus dedos sobre la mesa durante unos segundos y, finalmente, dirigió su vista hacia Manolo el Estirao espetándole, con voz grave y no exenta de cierta bravuconería:
- ¡Envido más!
- Todas – dijo presto el Estirao, incorporándose sobre la mesa y cogiendo las cartas.
- Lo veo – respondió Jota convencido y enseñando sus tres reyes a los pares.
El Estirao y el Trampas se dieron la mano entre risas, inmediatamente después de que el primero mostrara unos flamantes duples gallegos. La cara de Jota era un poema.
- Joder, Jota… Te lo he dicho. Que no me fío, coño, que no me fío. Que te han aguantado dos más a grande pero con dudas, para que entres a los pares. Que pareces nuevo… - el Turco estaba visiblemente enfadado.
Manolo y Casimiro ya se estaban levantando y se dirigían, abrazados, a la barra del bar.
- ¡Oye, Gloria¡, ya sabes: que te paguen los de siempre. Y a ver si conoces a alguien que sepa jugar, hombre. Que esto es un aburrimiento ya…
Jota seguía discutiendo con su inseparable pareja de mus (más por cabezonería y por orgullo que por saberse con la razón). Fuera hacía una tarde agradable y empezaba a oscurecer rápidamente.
Poco a poco se fueron calmando los ánimos de vencedores y vencidos y, tras pagar la apuesta consistente en cuatro cafés, dos botellines, un anís y un pacharán, el Turco y Jota se sentaron a la barra, como si no hubiera pasado nada. Sus contrincantes se marcharon despidiéndose, entre risas, con un: “Cuando queráis otra lección, ya sabéis donde estamos”. Lo de siempre, vaya. El Turco se había quedado ensimismado viendo a una rubia despampanante en la última página del “As”, mientras Jota observaba plácidamente como Gloria (la mujer de Paco, dueño de “El Pellizco”) pasaba la bayeta por las mesas.
- Oye Gloria, ¿y dónde dices que ha ido Paco hoy? Que te ha dejado aquí sola toda la tarde, mujer… - preguntó Jota, por hablar de algo.
- Ha ido a recoger a su hermana a la estación de autobuses. Viene del pueblo.
- ¿Su hermana pequeña? Hace años que no la veo. ¿Qué viene, de vacaciones?
- Que va… Viene para quedarse un tiempo. Por lo visto se ha separado del marido y se ha quedado sin trabajo. Así que viene a trabajar aquí en el bar, hasta que encuentre otra cosa…
- ¿En el bar? Pero si nunca habéis tenido a nadie aquí contratado…
- Pues eso le digo yo a Paco, que a ver cómo piensa que le vamos a pagar a su hermana. Que no estamos para obras de caridad. Pero bueno, la chiquilla por lo visto lo está pasando mal. Y así yo podré descansar un poco por las tardes – dijo Gloria con tono complaciente.
- No, si eso sí…
Jota recordaba bien a Elenita. La conoció un verano que pasó en el pueblo de Paco, hace ya muchos años, antes de que ambos (Paco y él) se casaran con Gloria y Carmen respectivamente. Por aquél entonces Elenita tendría 17 años y era una preciosidad. Rubia, ojos verdes, delgadita y chiquitina, pero muy guapa. Se acordaba especialmente Jota de una noche, en la feria del pueblo, en la que había tenido el impulso (espoleado por el calimocho) de besarla a traición, junto a una caseta de esas de rifa, mientras esperaban a su hermano, que había ido a hacer aguas menores a la orilla del río. Elenita se puso muy colorada y apartó la cabeza. Pero no dijo nada. Permaneció callada un buen rato, con la mirada en el suelo, sin saber cómo reaccionar. Al poco de volver el hermano, Jota fingió que se sentía mal y se marchó a casa avergonzado. Bueno, en realidad no tuvo que fingir demasiado: se sentía fatal por lo que había hecho. Se pasó la noche en vela intentando inventar una excusa para el día siguiente que le resultara convincente a Elenita. No sabía si se había enfadado mucho, poco o nada, pero aún así necesitaba darle una explicación. Echarle la culpa al alcohol le pareció la mejor idea. Sin embargo, no tuvo ocasión. Al día siguiente, Jota se tuvo que marchar deprisa y corriendo porque su madre le avisó de que había fallecido el abuelo Arturo. Sólo pudo despedirse de Paco. Así que se volvió con su bochorno a Madrid. Hasta el verano siguiente no la volvió a ver y, claro, nunca se atrevió a hablarle de aquella noche. Elenita acababa de empezar a salir con su novio (el que sería luego su marido) y no era plan de andar enredando. Se acordaba Jota de una tarde que pasaron aquel verano los cuatro (Paco, Elenita, el novio y él) en las Lagunas de Ruidera. La imagen de aquella chiquilla rubia, de piel blanquecina, envuelta en su toalla, temblando ligeramente tras el chapuzón, con el pelo mojado y los ojos brillantes como soles tardaría años en olvidarla. Sintió una suave punzada en el estómago al recordar la estampa de nuevo, tanto tiempo después.
Se preguntaba Jota, apurando su cerveza, qué tal estaría Elena. Debería tener unos 33 o 34 años. Sabía que se había casado años atrás, pero no tenía idea de su separación. Por alguna razón, se alegró. Aunque inmediatamente se sintió mal por ella.
Había anochecido ya cuando Jota decidió que era hora de volver a la pensión. El Turco seguía ensimismado con la foto de la gachí del “As” y Gloria miraba uno de esos concursos de la tele. No había nadie más en “El Pellizco”. Se puso su chaqueta de punto y encendió el enésimo cigarrillo del día antes de salir. “Mañana les echamos la revancha a estos, no se te olvide” le dijo el Turco. “¿Cómo se me va a olvidar? Con las ganas que les tengo…” respondió Jota desde la puerta. No pudo evitar pensar que, además, podría ver a Elena. Otro escalofrío recorrió su espalda. Se despidió de Gloria y de su inseparable compañero de fatigas y salió a la calle. Hacía frío y estaba chispeando, así que apresuró el paso.
Esa noche había sardinas asadas para la cena. Doña Petra, la casera, cocinaba de maravilla. Era, sin duda, el gran secreto de la pensión, solía decir Jota. Las sardinas asadas le salían de rechupete. Siempre solían cenar los mismos (en aquella época habría unos 4 o 5 inquilinos en “La Derrota”). Todos eran mucho mayores que Jota, pero él se encontraba a gusto y solía quedarse a charlar un ratito mientras tomaban café tras la cena.
- ¿Hoy tampoco va a cenar “el Sepulturero”? – preguntó con sorna uno de los comensales.
- No es sepulturero, Don Javier, ya se lo he dicho mil veces – respondió Doña Petra – Y no, ya sabe que no cena nunca con nosotros. Y no sea chismoso, leñe.
- Pues si no es sepulturero, algo se trae entre manos. No es normal que no se relacione con nadie. Parece como si se escondiera…
- No diga tonterías.
- No son tonterías. Siempre va con ese traje negro y con ese abrigo largo. Si no es sepulturero, es algo peor – sentenció Don Javier, ante la mirada incrédula y divertida de Jota – Además, ¿no se han fijado en que siempre lleva una bolsa negra de mano enorme? No se separa de ella ni para dormir…
- ¿Y usted qué sabrá? ¿Acaso ha dormido con él? – preguntó la señora Luisa provocando las carcajadas de todos.
- Bah… Yo sólo digo que algo se trae entre manos. Y no me gusta nada. Me da mala espina. Algo esconde ese sepulturero…
- ¡Y dale! Venga, tengamos la fiesta en paz. Apure sus sardinas, que están deliciosas – acabó diciendo Jota, dando por zanjada la conversación.
Esa noche todos los inquilinos se fueron pronto a dormir. A la señora Luisa le dolían los riñones (por la artrosis dijo) y Don Javier se quedó dormido en el sillón sin terminarse el café siquiera. El resto de vecinos estaban ensimismados viendo una de esas teleseries que tan aburridas le parecían a Jota. Así que éste, viendo que la tertulia nocturna no iba a tener demasiada concurrencia, dio las buenas noches y subió a su habitación. Puso la radio mientras se lavaba los dientes, se enfundó su pijama de raso y se metió en la cama con la lamparita de la mesilla encendida. No le apetecía ver la tele y tampoco tenía demasiado sueño, así que sacó una novela del cajón que tenía empezada desde el verano. A Jota le gustaba bastante leer, pero tardaba mucho en terminar un libro. Casi siempre leía por las noches y apenas tardaba unos minutos en quedarse frito. Al día siguiente ni se acordaba de por dónde había dejado la lectura y volvía varias páginas atrás. Ahora estaba leyendo una novela policiaca, una de Rymond Chandler. Le encantaba imaginarse a los personajes como actores de cine. El detective era, por supuesto, Humprey Bogart. Y la chica solía ser Lauren Bacall, aunque a veces se inclinaba por Virginia Mayo o Rita Highworth. El malo siempre era Edward G. Robinson, y siempre acababa sintiendo simpatía por él.
Al rato, el sueño empezó a vencerle. Dejó la novela sobre la mesilla y apagó la bombilla de la lámpara. Una tenue y azulada luz entraba por la ventana. No le gustaba a Jota la oscuridad, siempre tenía que dormir con un poquito de luz. Recordó las palabras de Don Javier sobre el extraño vecino que tenían desde hace unas semanas. No pudo evitar sonreír, aunque, en cierto modo se veía obligado a darle la razón a Don Javier en una cosa: era un tipo raro. Y, efectivamente, tenía pinta, si no de sepulturero (al fin y al cabo, ¿qué aspecto suelen tener los sepultureros?, pensaba Jota), sí de ser alguien uraño y ciertamente desconcertante. Muy alto, desgarbado, con el rostro aguileño y unos enormes bigotes, apenas se relacionaba con nadie de la pensión. Se iba por la mañana temprano, cuando apenas había amanecido y volvía ya entrada la noche. Ni desayunaba, ni comía ni cenaba en la casa. Era un tipo de esos de pocas palabras, que parecía siempre estar mirando a un lado y a otro, como esperando algo o a alguien. Llevaba una bolsa negra, a modo de maletín y cojeaba ostensiblemente. Un tipo realmente misterioso, qué duda cabe. ¿A qué se dedicaría? ¿Qué llevaría en ese maletín? Seguro que Rymond Chandler podría escribir una buena historia con un personaje así. O un buen guión de cine.
Poco a poco empezó a vencerle el sueño al bueno de Jota. Pero antes de dormirse del todo, no pudo evitar acordarse de aquella noche de verano en la que intentó besar a Elenita, junto a aquella caseta de rifas, aprovechando que se habían quedado solos un instante y excitado por el fuego del vino. Estaba realmente preciosa esa noche. Tanto o más que en aquella laguna manchega, con el pelo chorreando sobre la cara, al verano siguiente. Era, sin duda, la chica más bonita que jamás había visto. Jota se durmió pensando en aquel beso que no llegó a dar y en aquella piel blanca y temblorosa…
Continuará…
Publicado por Julien Sorel 27 comentarios
17 de octubre de 2009
Se ha ido un jugón
Hoy me he despertado con una noticia impactante. Al abrir un periódico digital, una enorme foto del entrañable periodista deportivo de la pajarita, la tez morena y las lentes redondas y un titular que me ha producido una tristeza terrible: “Fallece Andrés Montes”.
Para muchos, Andrés Montes era ese histriónico locutor de La Sexta, famoso por su particularísima forma de narrar los partidos de fútbol y baloncesto. El de “¡Jugón!”, el de “Tiki taka”, el de “Salinas, ¿dónde están las llaves?” o el del “Triiiiipleeeeeee… ratatatatatatatá” y tantas otras expresiones made in Montes. Podría gustar más o menos, pero su inconfundible estilo era innegable.
Otros (más de mi quinta quizás) le recordarán por sus fantásticas retransmisiones de la NBA en Canal Plus, durante muchos años. La cantidad de madrugadas que he disfrutado yo con las jugadas de Michael Jordan, Pat Ewing, Karl Malone… aderezadas con los extraordinarios comentarios de Antoni Daimiel y Andrés Montes. Eran capaces de tirarse un cuarto entero (o un partido, si era algo aburrido) hablando de música, de cine, de jazz, o de gastronomía (una de las muchas pasiones de Andrés). Eran madrugadas mágicas. Irrepetibles.
Pero habrá quien recuerde a Andrés Montes de mucho antes. Yo soy un fanático de los deportes desde muy niño. Y hace más de 25 años que me enganché a la radio deportiva. Por aquél entonces José María García era el gran personaje de las ondas. Tenía un equipo maravilloso en Antena3 Radio. Entre ellos, en materia baloncestística, un joven Andrés Montes al que sus compañeros apodaban cariñosamente “el Negro”. Sus narraciones junto al otro gran locutor de ese deporte para mí (Siro López, ahora en Telemadrid) eran míticas. Ahí comenzó su particular “diccionario” repleto de divertidos apodos a los jugadores. En eso era un verdadero genio.
Andrés Montes, además, era atlético hasta la médula. Recuerdo que el año del Doblete del Atlético de Madrid (hace más de una década ya… Dios mío, como pasa el tiempo), él trabajaba en Radio Voz. Yo viví esa temporada en las gradas del Vicente Calderón como socio, escuchando a través del auricular la narración de Andrés Montes de casi todos los partidos de mi/su Atleti. Su voz, su humor, le aportaron un plus de placer a aquel curso futbolístico 1995-1996, como le gustaba llamar a Montes a las temporadas.
Luego trabajó para Radio Marca, donde hacía un magazine divertidísimo en la sobremesa. La cantidad de siestas que me robó el bueno de Andrés. Ahora me da pena haberme perdido algunos de esos programas...
Me ha dado muchísima pena su muerte. Lo he sentido una barbaridad. Era de esos personajes a los que yo admiraba profundamente. Me ha hecho pasar tantos buenos ratos y me he divertido tanto escuchándole durante más de 2 décadas que se me hace imposible pensar que no podremos escuchar más su particular voz, sus frases hechas, sus chistes y su enorme sabiduría deportiva.
Sólo tenía 53 años.
He estado buscando en Youtube videos sobre Andrés Montes (es impresionante el cariño que le tenía la gente, aunque no es para menos). Quería poner en este post algo que sirviera de tributo a su trabajo. Y me he encontrado con uno de los momentos más importantes del Baloncesto de todos los tiempos. La narración de Andrés Montes y Antoni Daimiel de la última jugada del último anillo que ganó Michael Jordan con los históricos Chicago Bulls de los ’90. Aunque no se ve muy bien, me ha emocionado recordar ese momento que yo viví en directo gracias a la magia que Montes y Daimiel eran capaces de transmitir a través del televisor:
Ver este video y escuchar esa narración, me pone la piel de gallina. Esa madrugada me acosté repitiendo esa jugada en mi mente una y otra vez y oyendo aún el eco de los gritos entregados de Andrés Montes a Michael Jordan. Fue una noche fabulosa.
En el último gran acontecimiento del Baloncesto español (el Eurobasket que ganaron Pau y el resto de chicos de oro de la selección) Andrés Montes aportó su granito de arena al espectáculo retransmitiendo los partidos en La Sexta. Tras la final, se despidió de todos los telespectadores (puesto que terminaba contrato con la cadena de televisión) con estas preciosas palabras: “Yo me despido de todos ustedes. Es mi última retransmisión con La Sexta y voy a decir lo mismo que dije hace 3 años y pico cuando vine: La vida puede ser maravillosa”.
Pues sí, Andés… la vida puede ser maravillosa. Pero también, como hoy, puede ser un asco. Yo te echaré de menos porque me has hecho disfrutar muchísimo, me has hecho reír durante años y amar aún más si cabe el Fútbol y el Baloncesto.
Hasta siempre, jugón.
En el último gran acontecimiento del Baloncesto español (el Eurobasket que ganaron Pau y el resto de chicos de oro de la selección) Andrés Montes aportó su granito de arena al espectáculo retransmitiendo los partidos en La Sexta. Tras la final, se despidió de todos los telespectadores (puesto que terminaba contrato con la cadena de televisión) con estas preciosas palabras: “Yo me despido de todos ustedes. Es mi última retransmisión con La Sexta y voy a decir lo mismo que dije hace 3 años y pico cuando vine: La vida puede ser maravillosa”.
Pues sí, Andés… la vida puede ser maravillosa. Pero también, como hoy, puede ser un asco. Yo te echaré de menos porque me has hecho disfrutar muchísimo, me has hecho reír durante años y amar aún más si cabe el Fútbol y el Baloncesto.
Hasta siempre, jugón.
Publicado por Julien Sorel 17 comentarios
14 de octubre de 2009
A este lado
Hacía mucho tiempo que no soñaba contigo. Es verdad que me acuerdo muy a menudo de ti (al escuchar ciertas canciones, por ejemplo, o al volver a determinados lugares en los que te busco irremisiblemente con la memoria); pero hacía meses que no te soñaba y, no sé, supongo que no me lo esperaba. Igual me ha pillado un poco con la guardia baja. Pensarte no es, ni mucho menos, lo mismo…
Un recuerdo es algo fugaz, etéreo, volátil… No se puede tocar, ni tiene sabor. Si me apuras, un recuerdo, la mayoría de las veces, no es más que una imagen borrosa. Apenas dura un instante. Basta pensar en otra cosa con mucho empeño y suele desaparecer. Como si no hubiera estado. Pero un sueño no. Un sueño es real mientras dura. Lo puedes saborear, tiene forma y está vivo. No es tan fácil de borrar. Cuando despiertas, aún sigue ahí un tiempo. Lo que te dura ese vacío en el estómago. Un recuerdo se aloja un instante en la mente, pero un sueño se queda durante un largo rato pegado a las entrañas. A veces, horas después de despertar, aún sigue ahí. Cuesta mucho hacer desaparecer un sueño. Se han dado casos, incluso, de no marcharse nunca.
Si te digo la verdad, tampoco sé exactamente en qué consistía el sueño. No logro acordarme. Tampoco importa demasiado. Sólo sé que estabas tú. Ni siquiera sé si estaba yo. No sé si era un encuentro o un desencuentro. Si era un hola o un adiós. Si era la recreación de algo que nos pasó o que me hubiera gustado que pasara. No lo sé. Puede que sólo fuera una sucesión de imágenes tuyas (yo a veces sueño así: como si estuviera viendo un álbum de fotos). No logro acordarme de qué ropa llevabas o de si tenías el pelo más corto o más largo. Sólo sé que estabas. Y puede, sólo puede, que estuviera yo también.
Intentar averiguar si era un sueño alegre o triste, no tiene sentido. Da igual. Sea como fuere, acaba produciendo idéntica zozobra. Al despertar notas físicamente la ausencia. La notas con las manos, con los ojos, con las tripas… con todo el cuerpo. Sabes que hay un espacio que está pegado a ti, pero que no es tuyo. Te horroriza que ese vacío te roce. Maldices esa especie de duermevela que aún te ahoga. Y tienes la impresión de que una pequeña parte de ti se ha quedado en el otro lado, como si no quisiera regresar a la vigilia. Te sientes extraño, como si nada fuera contigo. Todo eso apenas dura un segundo. Luego, poco a poco, vas abriendo los ojos y te das cuenta de que, definitivamente, sólo se escucha un latido.
Anoche soñé contigo. Perdona si no te dije nada, y ni siquiera me acerqué a ti. Me cogió por sorpresa, como te decía al principio, con la guardia baja. Puede que, incluso, me hubiese marchado antes de que llegaras. O puede que, simplemente, fuese un cobarde en sueños también. El caso es que me gustó mucho verte.
Sólo quería decirte (y voy a hacerlo antes de arrepentirme) que si vuelves una noche de estas a ese mismo sueño, procuraré estar allí. Esta vez sí. Aún hay cosas que contarnos.
Un recuerdo es algo fugaz, etéreo, volátil… No se puede tocar, ni tiene sabor. Si me apuras, un recuerdo, la mayoría de las veces, no es más que una imagen borrosa. Apenas dura un instante. Basta pensar en otra cosa con mucho empeño y suele desaparecer. Como si no hubiera estado. Pero un sueño no. Un sueño es real mientras dura. Lo puedes saborear, tiene forma y está vivo. No es tan fácil de borrar. Cuando despiertas, aún sigue ahí un tiempo. Lo que te dura ese vacío en el estómago. Un recuerdo se aloja un instante en la mente, pero un sueño se queda durante un largo rato pegado a las entrañas. A veces, horas después de despertar, aún sigue ahí. Cuesta mucho hacer desaparecer un sueño. Se han dado casos, incluso, de no marcharse nunca.
Si te digo la verdad, tampoco sé exactamente en qué consistía el sueño. No logro acordarme. Tampoco importa demasiado. Sólo sé que estabas tú. Ni siquiera sé si estaba yo. No sé si era un encuentro o un desencuentro. Si era un hola o un adiós. Si era la recreación de algo que nos pasó o que me hubiera gustado que pasara. No lo sé. Puede que sólo fuera una sucesión de imágenes tuyas (yo a veces sueño así: como si estuviera viendo un álbum de fotos). No logro acordarme de qué ropa llevabas o de si tenías el pelo más corto o más largo. Sólo sé que estabas. Y puede, sólo puede, que estuviera yo también.
Intentar averiguar si era un sueño alegre o triste, no tiene sentido. Da igual. Sea como fuere, acaba produciendo idéntica zozobra. Al despertar notas físicamente la ausencia. La notas con las manos, con los ojos, con las tripas… con todo el cuerpo. Sabes que hay un espacio que está pegado a ti, pero que no es tuyo. Te horroriza que ese vacío te roce. Maldices esa especie de duermevela que aún te ahoga. Y tienes la impresión de que una pequeña parte de ti se ha quedado en el otro lado, como si no quisiera regresar a la vigilia. Te sientes extraño, como si nada fuera contigo. Todo eso apenas dura un segundo. Luego, poco a poco, vas abriendo los ojos y te das cuenta de que, definitivamente, sólo se escucha un latido.
Anoche soñé contigo. Perdona si no te dije nada, y ni siquiera me acerqué a ti. Me cogió por sorpresa, como te decía al principio, con la guardia baja. Puede que, incluso, me hubiese marchado antes de que llegaras. O puede que, simplemente, fuese un cobarde en sueños también. El caso es que me gustó mucho verte.
Sólo quería decirte (y voy a hacerlo antes de arrepentirme) que si vuelves una noche de estas a ese mismo sueño, procuraré estar allí. Esta vez sí. Aún hay cosas que contarnos.
Publicado por Julien Sorel 22 comentarios
10 de octubre de 2009
Top 30
Siempre me ha encantado lo de hacerme listas musicales. Desde niño. Me gustaba eso de elaborar mis propias cintas (después serían Dvd’s) en base a criterios totalmente subjetivos. Desde “Top 20: Bruce Springsteen”, hasta “Lo mejor de Joaquín Sabina”, pasando por “Las 20 mejores canciones de Rock & Roll” o “Las mejores bandas sonoras del cine”... Cualquier ocurrencia era buena para ponerme a confeccionar el ránking de turno. Disfrutaba casi tanto pensando y elegiendo los temas, como escuchándolos después. Acababa con varias hojas llenas de tachaduras y borrones, pues tan importante era la elección de las canciones, como el orden en el que irían colocados finalmente.
Así que, supongo que era cuestión de tiempo el confeccionarme un track list con las mejores actuaciones de Virginia Maestro / Labuat. Afortunadamente la red está a rebosar de videos suyos y la calidad de los mismos es, en muchos casos, fabulosa. Nunca me cansaré de agradecer a todos aquellos que suben los videos de cada concierto o cada actuación de Virginia; supone una gran promoción para ella y para Labuat.
El caso es que me he puesto a revisar videos y anotar temas y me ha salido un número redondo: una treintena. Creo que están todos los temas que Virginia ha interpretado desde la salida del disco. Además, por su enorme calidad y la frescura que supone escucharlas, he decidido incluir también los 3 temas inéditos pre-OT que el misterioso canal de Czas1982 nos ha ido regalando con cuentagotas estos últimos meses. También me he permitido el lujo de incluir 3 maravillas que no podían faltar en esta lista: el “Alberta” que cantó Virginia en el programa La Ventana de la Ser y 2 versiones que hizo en clase de Manzo: “Allelujah” y la maravillosa “The first time I ever saw your face”. Por esta última tengo especial predilección; en la voz de Virginia es una canción irresistible. También, como no, he contado con los 2 temas que interpretó en Casagrande: probablemente esa fue la primera vez que vimos a la verdadera Virginia Maestro.
Podría haber incluido algunas de las actuaciones de OT (hubo 4 o 5 verdaderamente buenas), pero mira, como agua pasada no mueve molinos, he decidido que era mejor pasar esa página (que pertenece a una etapa agotada) y elaborar mi lista únicamente con directos puros, de música y voz.
El criterio en el que me he basado para confeccionar esta lista es muy simple: he ordenado del el 1 al 30 todos los temas que ha interpretado en directo Virginia, empezando por mi favorito. Es decir, en orden descendente. Además, he añadido el video de la mejor actuación (desde mi punto de vista) de cada uno de esos temas.
En algún caso concreto me ha sido realmente difícil decidirme (sobre todo en la primera parte de la lista); y en otros, lo tenía bastante más claro. Seguramente si rehiciera la lista mañana, habría algún cambio en el orden y, con seguridad, también en las actuaciones o videos. Pero de lo que estoy seguro es de que los primeros 5 puestos de la lista serían los mismos. Esos son inamovibles.
Por cierto, echaréis en falta un tema: “Smile”. Virginia no ha interpretado aún una versión completa en directo o en acústico de esta canción-emblema con la que muchos la descubrimos hace año y medio ya. Cuando lo haga, tendré un magnífico pretexto para rehacer este Top.
Espero que os guste.
PD: Muchas gracias a los canales Youtube de Derenrics, Miricha21, Caticaver, Danilabuat, Czas1982, Alosaureolada, Susiiii94 y Aracilpadme por nutrir la red e ilustrar esta lista con sus videos.
Así que, supongo que era cuestión de tiempo el confeccionarme un track list con las mejores actuaciones de Virginia Maestro / Labuat. Afortunadamente la red está a rebosar de videos suyos y la calidad de los mismos es, en muchos casos, fabulosa. Nunca me cansaré de agradecer a todos aquellos que suben los videos de cada concierto o cada actuación de Virginia; supone una gran promoción para ella y para Labuat.
El caso es que me he puesto a revisar videos y anotar temas y me ha salido un número redondo: una treintena. Creo que están todos los temas que Virginia ha interpretado desde la salida del disco. Además, por su enorme calidad y la frescura que supone escucharlas, he decidido incluir también los 3 temas inéditos pre-OT que el misterioso canal de Czas1982 nos ha ido regalando con cuentagotas estos últimos meses. También me he permitido el lujo de incluir 3 maravillas que no podían faltar en esta lista: el “Alberta” que cantó Virginia en el programa La Ventana de la Ser y 2 versiones que hizo en clase de Manzo: “Allelujah” y la maravillosa “The first time I ever saw your face”. Por esta última tengo especial predilección; en la voz de Virginia es una canción irresistible. También, como no, he contado con los 2 temas que interpretó en Casagrande: probablemente esa fue la primera vez que vimos a la verdadera Virginia Maestro.
Podría haber incluido algunas de las actuaciones de OT (hubo 4 o 5 verdaderamente buenas), pero mira, como agua pasada no mueve molinos, he decidido que era mejor pasar esa página (que pertenece a una etapa agotada) y elaborar mi lista únicamente con directos puros, de música y voz.
El criterio en el que me he basado para confeccionar esta lista es muy simple: he ordenado del el 1 al 30 todos los temas que ha interpretado en directo Virginia, empezando por mi favorito. Es decir, en orden descendente. Además, he añadido el video de la mejor actuación (desde mi punto de vista) de cada uno de esos temas.
En algún caso concreto me ha sido realmente difícil decidirme (sobre todo en la primera parte de la lista); y en otros, lo tenía bastante más claro. Seguramente si rehiciera la lista mañana, habría algún cambio en el orden y, con seguridad, también en las actuaciones o videos. Pero de lo que estoy seguro es de que los primeros 5 puestos de la lista serían los mismos. Esos son inamovibles.
Por cierto, echaréis en falta un tema: “Smile”. Virginia no ha interpretado aún una versión completa en directo o en acústico de esta canción-emblema con la que muchos la descubrimos hace año y medio ya. Cuando lo haga, tendré un magnífico pretexto para rehacer este Top.
Espero que os guste.
PD: Muchas gracias a los canales Youtube de Derenrics, Miricha21, Caticaver, Danilabuat, Czas1982, Alosaureolada, Susiiii94 y Aracilpadme por nutrir la red e ilustrar esta lista con sus videos.
___________________
1. I call your name. Sala Bikini, Barcelona:
2. Circus. Sala Luz de Gas, Barcelona:
3. Te doy mi voz. Fnac Triangle, Barcelona:
4. Carta de Otoño. Festival Acústica, Figueres:
5. Creep. Sala Bikini:
6. The first time ever I saw your face. Clases de Manzo:
7. Yesterday. Inédito:
8. Turn me on. Sala Bikini, Barcelona:
9. What a wonderful world. Festival Acústica, Figueres:
10. Goodnight moon. Gandía:
11. Cry to me. Gandía:
12. Oh, darling. Gandía:
13. Dream a little dream of me. Inédito:
14. Bring it on home to me. Casagrande, Sevilla:
15. Love me like a man. Casagrande (Tomares), Sevilla:
16. Chega de Saudade. Sala Bikini, Barcelona:
17. If I feel. Festival Acústica, Figueres:
18. Stand by me. Inédito:
19. Falling slowly (junto a Fran). Fnac Triangle, Barcelona:
20. Hallelujah. Clases de Manzo:
21. Alberta. En directo, en “La ventana” de la Cadena Ser:
22. Defíneme sin ti. Fnac Triangle, Barcelona:
23. Soy tu aire. Fnac Triangle, Barcelona:
24. Ya se verá. Festival Acústica, Figueres:
25. Llueve mal. Gandía:
26. Al margen. Sala Luz de Gas, Barcelona:
27. De pequeño. Fnac Triangle, Barcelona:
28. Ayer. Fnac Triangle, Barcelona:
29. Mentiras a contraluz. Fnac Triangle, Barcelona:
30. Lo raro es vivir. Fnac Triangle, Barcelona:
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7 de octubre de 2009
Los tiempos que vienen

Está claro que dedicarse a la música en España es tremendamente difícil. Sobre todo si hablamos de música buena y de calidad. Hacer o interpretar “música” del montón, en serie, de esa que acaba siendo carne de politono, no es tan complicado. A las pruebas me remito: no hay más que echar un vistazo a los múltiples canales de transmisión de la cultura mainstream. Curioso anglicismo. Significa algo así como “corriente popular”, una especie de gusto generalizado, de cultura de masas. El problema, me pregunto yo, es quién marca esas bases populares, quién las impulsa. Porque hace 200 años, mainstream podía ser perfectamente Mozart; pero hoy en día tendríamos que hablar de Britney Spears o Carlos Baute. Hay una ligera diferencia.
En el fondo yo creo que es un problema de prejuicios. Fundamentalmente de quienes manejan el cotarro de la música en nuestro país, a saber: las discográficas y las emisoras más, digamos, “comerciales” (por utilizar un eufemismo no demasiado brusco). Me da la sensación de que tienen prejuicios contra la música de calidad, contra todo aquel producto que suene distinto, que aporte originalidad. Creo que tienen miedo a que se salga de esa corriente popular, de ese mediocre gusto mainstream que han instalado en los consumidores. Como si no confiasen en ellos. Como si, de alguna forma, supieran que sólo vamos a comprar vulgaridad. Como si fuéramos tontos, vaya. A mí ese prejuicio me ofende bastante. Porque privar al consumidor de originalidad y calidad en los productos es, directamente, empobrecer su cultura y coartar su elección; contribuir al mantenimiento de lo estandarizado me parece una tomadura de pelo. Además de una cobardía. Porque el verdadero arte ha de aspirar a la singularidad, y no a la burda simpleza. El verdadero arte ha de ser sinónimo de búsqueda, de trasgresión incluso… O, como mínimo, de belleza. Copiar sistemáticamente la fórmula anodina de otros mediocres no aporta absolutamente nada al panorama artístico o cultural. Es más de lo mismo. Pero claro, igual el pensamiento de esas fuerzas que manejan el cotarro (siempre conservadoras, por supuesto) será algo tan simplista como: “Si les gusta Fulanito, ¿cómo no les va a gustar Menganito que hace exactamente lo mismo?”.
Cuando pienso en esto, me pasa lo mismo que cuando pienso en la telebasura. Siempre surge la misma reflexión de pescadilla que se muerde la cola en torno a la televisión de hoy en día: ¿Se hace telebasura porque la gente quiere ver telebasura? O bien ¿La gente ve telebasura porque sólo se hace telebasura? Algunos dirán que esa es una de esas situaciones sin salida, imposible de responder, como aquella de ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Yo, sin embargo, prefiero quedarme con la segunda opción: creo que la gente ve lo que le ofrecen; estoy convencido de que si se hiciera una mejor televisión, la gente demandaría una mejor televisión. Pero claro, eso es peligroso. Supongo que el nivel de exigencia propio no es el mismo a la hora de hacer algo bueno o a la hora de dejarse llevar por la mediocridad reinante.
En lo que sí creo que estaremos todos de acuerdo es en la siguiente afirmación: la mayoría de la música que se hace y se consume en España, es de dudosa calidad. Esto pasa también en otro tipo de manifestaciones culturales, claro; pero, en este caso, permitidme que me centre en la música. La industria musical actual es una máquina devoradora de fracasos. Es implacable. Sólo piensa en el presente, en el momento, en la rentabilidad inmediata. Cualquier otra cosa no tiene cabida, como si no existiera el mañana. Tanto vendes, tanto vales; eso sí, si mañana vendes menos… adiós muy buenas. Hay mucha gente esperando en la cola del dichoso mainstream. Por eso es tan difícil abrirse camino o forjar una carrera prestigiosa en este mundillo: porque no hay perspectiva. Ni enfoque. Las discográficas se han acostumbrado a manipular los gustos de la gente ofreciendo productos caducos de bajísima calidad. Música barata para un público barato; música con una fecha de caducidad casi inmedita, totalmente olvidable.
Pero, mira tú por donde, me da la sensación de que las cosas están cambiando un poco. Al menos desde el punto de vista del consumidor…
Creo que las discográficas siguen infravalorando al consumidor. Pensaban que esta situación de producir música en cadenas de montaje con envoltorios de caras bonitas y cuerpos Danone iba a ser la gallina inacabable de los huevos de oro. Pero eso no es así. Los consumidores de hoy en día han aprendido a buscar algo mejor. Ya no estamos tan dispuestos a pagar por algo que hemos escuchado mil veces. Buscamos algo distinto. Algo bueno. Gracias, Internet, por existir. Por demostrarnos que no, que eso del mainstream es una rueda de molino con la que muchos (cada vez más) no estamos dispuestos a comulgar. No hay cosa peor, a nivel comercial, que saturar el mercado. Sobre todo, si lo saturas con productos que desprenden mal olor desde el primer día. El consumidor quiere algo fresco. Y ha aprendido a buscarlo, además.
Las reglas del juego están cambiando. Dentro de muy poco, la venta de discos será un factor irrelevante. No se venderán; no hará falta. La música del futuro inmediato tendrá que buscar otros canales de distribución. Y el principal medio de difusión y de prestigio será, fundamentalmente, el directo. Aquellos músicos o cantantes que sepan ofrecer un buen espectáculo en vivo, sobrevivirán; el resto, tendrá que vivir de los politonos. Las discográficas y las emisoras musicales de referencia tendrán que apostar por ofrecer un producto fresco, original, distinto… porque todo lo que no sea eso, está más que agotado. Alguien pensará que un fenómeno como el de Russian Red en España es pura casualidad. Yo, sin embargo, opino que no. Creo que Russian Red es un ejemplo claro de la nueva sensibilidad musical que se está empezando a imponer. Tanto en el aspecto creativo, como en el consumidor. ¿Qué estarán pensando ahora todas aquellas discográficas que desecharon la maqueta de Lourdes Hernández por considerarla demasiada alejada del mainstream? Si las grandes discográficas se dieran una vuelta por multitud de prestigiosos foros y webs especialidadas en música que plagan la red, y comprobaran los conocimientos musicales y los gustos de una gran cantidad de usuarios, se darían cuenta de por dónde van los tiros. Hace 15 años a un adolescente le podían meter por los ojos al Ricky Martin de turno (no había escapatoria), pero hoy en día cualquier chaval lleva en su Ipod tal cantidad de referencias musicales que sorprenderían a muchos ejecutivos de multinacionales del sector. Cuando se puede elegir, uno se acaba quedando con lo mejor.
Durante el año pasado, la lista Promusicae estuvo copada muchísimas semanas por cantantes o grupos de marcada originalidad y muy alejados del pop facilón y pachanguero que es el que promocionan mayoritariamente las discográficas y las emisoras más comerciales. Amy Winehouse (la voz femenina que más vendió durante el 2008 en nuestro país), Diana Krall, Russian Red, Duffy… son algunos ejemplos de esa nueva sensibilidad que, afortunadamente, está creciendo a pasos agigantados entre los consumidores españoles.
Con esto no trato de demonizar a nadie por la música que practique o escuche, faltaría más. Sólo digo que esa tendencia que se ha seguido en España durante los últimos años, ya no se sostiene. Y es algo totalmente natural: cuando el arte deja de sorprender, deja de interesar; e inmediatamente se busca algo distinto. Ha pasado siempre. El mercado español ha sido hasta hace poco muy conservador, sobre todo con la música de fuera (si exceptuamos a los grandes de siempre... y aún así). Quizá el prejuicio idiomático ha sido la causa de esa actitud tan moderada. Por fortuna, esa barrera ya no se puede mantener por mucho tiempo en un país como el nuestro, verdadero crisol de culturas y etnias tan enriquecedoras y dispares.
Así que, aquellas discográficas que sean capaces de ofrecer un producto distinto y original, están de enhorabuena. Si tienen en sus filas a alguien con esa capacidad y con el afán creativo y el talento suficientes como para sorprender al público, yo les recomendaría que le cuidasen bien. Y si no lo tienen, que lo busquen cuanto antes. El aburrimiento y la mediocridad son los peores enemigos del consumo.
Y es que, al final, tampoco es tan difícil esto de la música... Basta con dejar hacer a los que saben, simplemente. En ese sentido, me viene a la cabeza una cita bastante ocurrente de George Bernard Shaw, el inolvidable autor de "Pigmalion": El infierno está lleno de aficionados a la música.
Video: Derenrics
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3 de octubre de 2009
La balada de Jota. Capítulo 1
Quiero presentaros a Jota.
Es un tipo de aspecto normal, algo desaliñado. Su incipiente calvicie y su barriguita le aportan cierto atractivo oculto. Demasiado oculto, quizás. Está más lejos de la treintena que de los cuarenta y acaba de perder su trabajo. Estudió Derecho, aunque no se licenció porque se le hicieron muy cuesta arriba un par de asignaturas de Tercero. Y no digamos ya Cuarto… eso fue directamente intentar subir un ochomil en pelota picada. Tuvo que ponerse a trabajar porque necesitaba dinero. Con la paga que le seguían dando sus padres no le llegaba para él, para comprarle algún caprichito a la novia y, sobre todo, para el niño que venía en camino. Total, que Jota empezó a trabajar en un bar, propiedad del padre de Carmen, su repentina esposa. Una boda de penalti, un convite apresurado en unos Salones rancios de aquellos de papeles pintados y manteles de color de rosa, una noche de bodas en la que ella no paró de llorar y él apenas se pudo quitar los pantalones a consecuencia de la ingesta masiva y acojonada de cubalibres, y un viaje de fin de novios a Palma de Mallorca en el que dos desconocidos intentaban caerse bien, sin terminar de lograrlo del todo.
Jota no soportaba a su suegro y sus suegros no le soportaban a él. Sabían que, a pesar de sus buenas intenciones y de su buen corazón, no era capaz de hacer feliz a su hija. Carmen, una tarde de domingo, de esas que ambos pasaban en silencio viendo la tele, le dijo a Jota: “Quiero separarme”. Jota se quedó callado durante un largo rato. No se atrevió a mirarla; seguía pendiente del televisor con el mando en la mano. Finalmente, sin girar la cabeza, algo avergonzado, respondió: “Está bien. Como tú lo veas”.
No fue demasiado traumático. Lo peor fue separarse de los niños (ya tenían la parejita). Carmen se los llevó a casa de su madre. Jota aguantó el tirón en la despedida, sin derrumbarse, extrañamente sereno. Los chiquillos no parecían darse cuenta de lo que estaba ocurriendo (por aquél entonces aún eran muy pequeños). Carmen se despidió con un beso en la mejilla. Tenía los ojos rojos, pero no derramó ni una lágrima. Le habían vendido el piso a unos recién casados, conocidos del barrio. Esa noche, Jota durmió en un hostal. Hoy, más de una década después, sigue durmiendo en esa misma posada. Hasta después de 3 meses no se atrevería a contarle a sus padres (que eran muy mayores y vivían en un pueblo asturiano) que se había separado. Apenas tenían contacto. Como os decía, aquella noche la pasó Jota en la que sería desde entonces lo más parecido que ha tenido nunca a un hogar. Horas después de instalarse, aún despierto, ya de madrugada y mirando al televisor, comenzó a llorar. No sabía exactamente por qué. Tenía asumido que era lo mejor. Pero no era capaz de detener el llanto.
La vida de Jota cambió bastante a partir de entonces. Dejó de trabajar con su suegro y comenzó a pulular por distintos empleos. Ha tenido varios oficios: pintor, fontanero (su padre le había enseñado algo en su adolescencia), teleoperador, administrativo… Era incapaz de mantener un trabajo por mucho tiempo. De alguna forma, cada nueva ocupación la terminaba asumiendo, más pronto que tarde, de la misma manera: como algo puramente temporal. Y en esa especie de by-pass se acostumbró a vivir Jota, como esperando cansinamente que pase algo.
En realidad, Jota es de esas personas que son menos infelices soñando que viviendo. De esos tipos capaces de convencerse a sí mismos de que la realidad no es demasiado importante. Lo verdaderamente importante es la capacidad de imaginar otra. Algo así como ser dueño de la pastilla roja (¿o era azul?) de Matrix y decidir guardarla en el bolsillo, esperando a la ocasión adecuada. Sin demasiada prisa.
Y es que Jota, en lo más profundo de sí, tiene un sueño: el cine. Esa ha sido su pasión desde niño. Él no soñaba con actuar, sino con dirigir. Sus grandes mitos desde la infancia no eran Clark Gable o Gary Cooper o James Stewart… sino John Huston, John Ford, Billy Wilder o George Cukor. Jota soñaba con hacer cine. Tenía escrito un par de guiones que guardaba como oro en paño. Una vez intentó enseñárselos a un famoso director español. Consiguió hablar con él (después de esperarle durante varios días en la puerta de su Productora) y entregarle los guiones, con su teléfono apuntado en la última página. El director los cogió, se lo agradeció apresuradamente y nunca más volvió a saber de él. Meses después de aquello, su sueño pareció disiparse un poco, pero no desapareció del todo. Aún sigue ahí, en alguna parte.
En cuestión de mujeres, tampoco se puede decir que haya tenido demasiada suerte. Tras el divorcio (va a hacer 12 años) ha salido con un par de chicas y ha tenido alguna que otra relación más o menos seria. Nada inolvidable. Y eso que Jota, créanme, es un buen tipo. Quizá algo gris, es cierto… pero un tipo de esos en los que se puede confiar. No sé si me entienden. Ya le irán conociendo.
A sus hijos los ve muy poco, pero tiene una excelente relación con ambos. Su madre se los llevó a vivir a Barcelona. Se casó con un constructor de allí, justo antes de que diera el pelotazo con la recalificación de unos terrenos que había comprado por cuatro duros. Ahora está forrado. Pero eso a Jota, lejos de fastidiarle, le alegra; así sabe que a sus hijos no les faltará de nada. Los padres de Carmen están encantados con su actual yerno, claro está. Jota se pregunta si ella será feliz. Y, desde el fondo de su corazón, desea que así sea. Siempre la apreció mucho y, en cierto modo, no puede evitar sentirse culpable por no haber podido darle algo más. Nunca estuvo enamorado de ella y, está casi convencido, ella tampoco lo estaba de él. La verdad es que jamás hablaron de esas cosas. Ni de esas, ni de casi ningunas otras. Casi siempre que rememora su vida en común, la recuerda con un tremendo silencio.
Así que Jota se encuentra en un momento de su vida algo crítico. Ese momento en el que, si nada cambia, cualquier mañana uno se levanta y se da cuenta de que ya no va a pasar ningún tren más. Acaba de perder su enésimo empleo, vive en una cochambrosa habitación de hostal, no tiene pareja ni dinero, y sus únicos amigos son un selecto y reducido grupo de perdedores con los que comparte tardes de fútbol, de mus, de cañas y de tristeza en el bar "El Pellizco", entre sonidos de tragaperras y olor a fritanga.
Pero, no crean, Jota no es de esos que se dejan llevar por la melancolía o por el pesimismo. No se lo he dicho, pero siempre fue un optimista incorregible. Un soñador, vaya. Casi siempre sueña en cinemascope y en Dolby Surround, pero esos son los mejores momentos del día para nuestro héroe: cuando imagina. Es un buen tipo este Jota. Si lo van tratando, creo que les caerá bien. Es más, estoy seguro.
Esta mañana, al despertar, se ha quedado un buen rato mirando el techo repleto de manchas de su habitación y la pequeña ventana con balcón; junto con el estrechísimo aseo, es todo lo que tiene. Todo lo que puede considerar, en cierta manera, suyo. Ha permanecido un buen rato así, tapado con la sábana hasta el cuello, sin saber exactamente qué hacer. Y esa es precisamente la pregunta que le rondaba la cabeza: “¿Qué demonios hago ahora?”.
Así que, sin demasiada prisa, se ha levantado, se ha dado una ducha, se ha peinado sus cuatro pelos, se ha afeitado, se ha vestido de otoño (el frío empieza a instalarse poco a poco en este octubre madrileño) y ha salido a la calle. Durante un buen rato se ha quedado en la puerta del hostal, saludando a los vecinos y conocidos del barrio con un grato: “Buenos días”. Al final, ha encendido un pitillo, se ha metido las manos en los bolsillos y ha comenzado a andar calle abajo, camino de “El pellizco”. Allí estarán ya, se dijo Jota a sí mismo, el bueno de Carlos “el Turco” y el pesado de Casimiro “el Trampas”... sus amigos. Ese posible encuentro matutino le puso de buen humor, tanto que se le podía apreciar con claridad una sonrisa dibujada en el rostro mientras caminaba alegremente silbando aquello de:
Es un tipo de aspecto normal, algo desaliñado. Su incipiente calvicie y su barriguita le aportan cierto atractivo oculto. Demasiado oculto, quizás. Está más lejos de la treintena que de los cuarenta y acaba de perder su trabajo. Estudió Derecho, aunque no se licenció porque se le hicieron muy cuesta arriba un par de asignaturas de Tercero. Y no digamos ya Cuarto… eso fue directamente intentar subir un ochomil en pelota picada. Tuvo que ponerse a trabajar porque necesitaba dinero. Con la paga que le seguían dando sus padres no le llegaba para él, para comprarle algún caprichito a la novia y, sobre todo, para el niño que venía en camino. Total, que Jota empezó a trabajar en un bar, propiedad del padre de Carmen, su repentina esposa. Una boda de penalti, un convite apresurado en unos Salones rancios de aquellos de papeles pintados y manteles de color de rosa, una noche de bodas en la que ella no paró de llorar y él apenas se pudo quitar los pantalones a consecuencia de la ingesta masiva y acojonada de cubalibres, y un viaje de fin de novios a Palma de Mallorca en el que dos desconocidos intentaban caerse bien, sin terminar de lograrlo del todo.
Jota no soportaba a su suegro y sus suegros no le soportaban a él. Sabían que, a pesar de sus buenas intenciones y de su buen corazón, no era capaz de hacer feliz a su hija. Carmen, una tarde de domingo, de esas que ambos pasaban en silencio viendo la tele, le dijo a Jota: “Quiero separarme”. Jota se quedó callado durante un largo rato. No se atrevió a mirarla; seguía pendiente del televisor con el mando en la mano. Finalmente, sin girar la cabeza, algo avergonzado, respondió: “Está bien. Como tú lo veas”.
No fue demasiado traumático. Lo peor fue separarse de los niños (ya tenían la parejita). Carmen se los llevó a casa de su madre. Jota aguantó el tirón en la despedida, sin derrumbarse, extrañamente sereno. Los chiquillos no parecían darse cuenta de lo que estaba ocurriendo (por aquél entonces aún eran muy pequeños). Carmen se despidió con un beso en la mejilla. Tenía los ojos rojos, pero no derramó ni una lágrima. Le habían vendido el piso a unos recién casados, conocidos del barrio. Esa noche, Jota durmió en un hostal. Hoy, más de una década después, sigue durmiendo en esa misma posada. Hasta después de 3 meses no se atrevería a contarle a sus padres (que eran muy mayores y vivían en un pueblo asturiano) que se había separado. Apenas tenían contacto. Como os decía, aquella noche la pasó Jota en la que sería desde entonces lo más parecido que ha tenido nunca a un hogar. Horas después de instalarse, aún despierto, ya de madrugada y mirando al televisor, comenzó a llorar. No sabía exactamente por qué. Tenía asumido que era lo mejor. Pero no era capaz de detener el llanto.
La vida de Jota cambió bastante a partir de entonces. Dejó de trabajar con su suegro y comenzó a pulular por distintos empleos. Ha tenido varios oficios: pintor, fontanero (su padre le había enseñado algo en su adolescencia), teleoperador, administrativo… Era incapaz de mantener un trabajo por mucho tiempo. De alguna forma, cada nueva ocupación la terminaba asumiendo, más pronto que tarde, de la misma manera: como algo puramente temporal. Y en esa especie de by-pass se acostumbró a vivir Jota, como esperando cansinamente que pase algo.
En realidad, Jota es de esas personas que son menos infelices soñando que viviendo. De esos tipos capaces de convencerse a sí mismos de que la realidad no es demasiado importante. Lo verdaderamente importante es la capacidad de imaginar otra. Algo así como ser dueño de la pastilla roja (¿o era azul?) de Matrix y decidir guardarla en el bolsillo, esperando a la ocasión adecuada. Sin demasiada prisa.
Y es que Jota, en lo más profundo de sí, tiene un sueño: el cine. Esa ha sido su pasión desde niño. Él no soñaba con actuar, sino con dirigir. Sus grandes mitos desde la infancia no eran Clark Gable o Gary Cooper o James Stewart… sino John Huston, John Ford, Billy Wilder o George Cukor. Jota soñaba con hacer cine. Tenía escrito un par de guiones que guardaba como oro en paño. Una vez intentó enseñárselos a un famoso director español. Consiguió hablar con él (después de esperarle durante varios días en la puerta de su Productora) y entregarle los guiones, con su teléfono apuntado en la última página. El director los cogió, se lo agradeció apresuradamente y nunca más volvió a saber de él. Meses después de aquello, su sueño pareció disiparse un poco, pero no desapareció del todo. Aún sigue ahí, en alguna parte.
En cuestión de mujeres, tampoco se puede decir que haya tenido demasiada suerte. Tras el divorcio (va a hacer 12 años) ha salido con un par de chicas y ha tenido alguna que otra relación más o menos seria. Nada inolvidable. Y eso que Jota, créanme, es un buen tipo. Quizá algo gris, es cierto… pero un tipo de esos en los que se puede confiar. No sé si me entienden. Ya le irán conociendo.
A sus hijos los ve muy poco, pero tiene una excelente relación con ambos. Su madre se los llevó a vivir a Barcelona. Se casó con un constructor de allí, justo antes de que diera el pelotazo con la recalificación de unos terrenos que había comprado por cuatro duros. Ahora está forrado. Pero eso a Jota, lejos de fastidiarle, le alegra; así sabe que a sus hijos no les faltará de nada. Los padres de Carmen están encantados con su actual yerno, claro está. Jota se pregunta si ella será feliz. Y, desde el fondo de su corazón, desea que así sea. Siempre la apreció mucho y, en cierto modo, no puede evitar sentirse culpable por no haber podido darle algo más. Nunca estuvo enamorado de ella y, está casi convencido, ella tampoco lo estaba de él. La verdad es que jamás hablaron de esas cosas. Ni de esas, ni de casi ningunas otras. Casi siempre que rememora su vida en común, la recuerda con un tremendo silencio.
Así que Jota se encuentra en un momento de su vida algo crítico. Ese momento en el que, si nada cambia, cualquier mañana uno se levanta y se da cuenta de que ya no va a pasar ningún tren más. Acaba de perder su enésimo empleo, vive en una cochambrosa habitación de hostal, no tiene pareja ni dinero, y sus únicos amigos son un selecto y reducido grupo de perdedores con los que comparte tardes de fútbol, de mus, de cañas y de tristeza en el bar "El Pellizco", entre sonidos de tragaperras y olor a fritanga.
Pero, no crean, Jota no es de esos que se dejan llevar por la melancolía o por el pesimismo. No se lo he dicho, pero siempre fue un optimista incorregible. Un soñador, vaya. Casi siempre sueña en cinemascope y en Dolby Surround, pero esos son los mejores momentos del día para nuestro héroe: cuando imagina. Es un buen tipo este Jota. Si lo van tratando, creo que les caerá bien. Es más, estoy seguro.
Esta mañana, al despertar, se ha quedado un buen rato mirando el techo repleto de manchas de su habitación y la pequeña ventana con balcón; junto con el estrechísimo aseo, es todo lo que tiene. Todo lo que puede considerar, en cierta manera, suyo. Ha permanecido un buen rato así, tapado con la sábana hasta el cuello, sin saber exactamente qué hacer. Y esa es precisamente la pregunta que le rondaba la cabeza: “¿Qué demonios hago ahora?”.
Así que, sin demasiada prisa, se ha levantado, se ha dado una ducha, se ha peinado sus cuatro pelos, se ha afeitado, se ha vestido de otoño (el frío empieza a instalarse poco a poco en este octubre madrileño) y ha salido a la calle. Durante un buen rato se ha quedado en la puerta del hostal, saludando a los vecinos y conocidos del barrio con un grato: “Buenos días”. Al final, ha encendido un pitillo, se ha metido las manos en los bolsillos y ha comenzado a andar calle abajo, camino de “El pellizco”. Allí estarán ya, se dijo Jota a sí mismo, el bueno de Carlos “el Turco” y el pesado de Casimiro “el Trampas”... sus amigos. Ese posible encuentro matutino le puso de buen humor, tanto que se le podía apreciar con claridad una sonrisa dibujada en el rostro mientras caminaba alegremente silbando aquello de:
Continuará…
Publicado por Julien Sorel 30 comentarios
29 de septiembre de 2009
Las naves por el mar, tú por tu sueño
El bueno/a de Czas1982 nos ha vuelto a sorprender en un día especial con este magnífico video. Un verdadero regalo. Tanto para Virginia, como para nosotros:
Viendo esa primera instantánea de una Virginia dormida que sueña, quizás, con un futuro adornado de sus grandes referencias musicales, y escuchando su voz envuelta en el suave crepitar del vinilo, me viene a la mente este soneto de Gerardo Diego. Uno de mis poemas favoritos:
Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.
Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,
y tú, inocente, duermes bajo el cielo.
Tú por tu sueño y por el mar las naves.
En cárceles de espacio, aéreas llaves
te me encierran, recluyen, roban. Hielo,
cristal de aire en mil hojas. No. No hay vuelo
que alce hasta ti las alas de mis aves.
Saber que duermes tú, cierta segura
-cauce fiel de abandono, línea pura-,
tan cerca de mis brazos maniatados.
Qué pavorosa esclavitud de isleño,
yo insomne, loco, en los acantilados,
las naves por el mar, tú por tu sueño.
Y es que, en este día casi otoñal de finales de septiembre, en una constante duermevela, Virginia Maestro sigue forjando su camino al encuentro de eso que deseó desde siempre. Va cubriendo etapas poco a poco, con el coraje de los valientes, cerrando los puños si es menester y mirando con decisión al horizonte. No le faltan amigos en ese viaje. Ha sabido encontrar un buen puñado de ellos. No está sola. Nunca lo estará.
Me gustaría que supiera también que en esa meta, hay mucha gente que la espera. A Ella y a su música. Muchos que comparten ese bonito sueño que dibuja Czas1982. Aún queda un buen trecho. Pero allí estarán, allí estaremos, con ánimo de reescribir ese desgarrador poema de Gerardo Diego y darle un bonito final. Porque, como bien dice Labuatscapes en un precioso artículo repleto de sentido y sensibilidad, la utopía es posible y es necesario que nos dejemos arrastrar por su fuerza creadora.
Por ella no va a ser. Estemos a la altura también nosotros.
Felicidades Virginia. Gracias por soñar en voz alta. Y gracias por ponerle letra y melodía a tus sueños. Dream a little dream of me.
Nosotros seguiremos esperando tu música. Defenderemos la alegría de escucharte. Tomaremos los acantilados. Estaremos aquí, allí y dondequiera.
Tú por tu sueño y por el mar las naves…
Me gustaría que supiera también que en esa meta, hay mucha gente que la espera. A Ella y a su música. Muchos que comparten ese bonito sueño que dibuja Czas1982. Aún queda un buen trecho. Pero allí estarán, allí estaremos, con ánimo de reescribir ese desgarrador poema de Gerardo Diego y darle un bonito final. Porque, como bien dice Labuatscapes en un precioso artículo repleto de sentido y sensibilidad, la utopía es posible y es necesario que nos dejemos arrastrar por su fuerza creadora.
Por ella no va a ser. Estemos a la altura también nosotros.
Felicidades Virginia. Gracias por soñar en voz alta. Y gracias por ponerle letra y melodía a tus sueños. Dream a little dream of me.
Nosotros seguiremos esperando tu música. Defenderemos la alegría de escucharte. Tomaremos los acantilados. Estaremos aquí, allí y dondequiera.
Tú por tu sueño y por el mar las naves…
Publicado por Julien Sorel 16 comentarios
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